Memorias de un Divoricio

Mtra. Silvia Aguilar

Escribo estas memorias a sugerencia de Andrea porque le pareció importante hacer llegar mi experiencia en un proceso de divorcio y sin duda también de duelo. La intención es relatar cómo viví este proceso de duelo y cómo manejé el dolor, el enojo, la ansiedad, pero lo más importante es cómo logré perdonarme a mí misma para entrar en el terreno de la resiliencia.

Actualmente tengo más años divorciada que los 17 años que duró mi matrimonio. Me casé a los 22 años con un hombre que me llevaba 14, esta diferencia no solo era abismal en muchos aspectos, sino que estábamos realmente desfasados en la vida. Puedo reconocer con sinceridad que desde el día de mi boda ya estaba preparada para el divorcio, es decir, yo sabía que algún día me iba a separar o mas bien, yo quería divorciarme desde que me casé y lo único que valió la pena de la espera es que me dio 3 hijos maravillosos.

Finalmente conseguí un trabajo estable, logré asegurar a mis hijos y decidí dejar de vivir en el abandono. Porque el abandono no solo es físico. Hay un tipo de abandono que es emocional, cuando ya no dices buenos días, cuando estamos solos en casa y no sé ni me importa si tu estás ahí también, cuando cruzas la calle para no caminar por la misma banqueta o cuando simplemente te das cuenta de que si sigues viviendo con él te comienzas a abandonar a ti misma.

Y así fue como le pedí que se fuera y se fue, sin mas ni más, recogió sus cosas y salió por donde entró a mi casa, la que yo pagaba, la que yo mantenía, la casa de mis hijos y mi casa. ¡Adiós Pa! Le gritaron mis hijos mientras veían su programa favorito en la tele y yo les preparaba su cena, seguramente unas quesadillas o un hot-dog con papitas. Ya bañados, en pijama, con su tarea hecha y su mochila lista para seguir con la vida. Nunca les faltó nada, tuvieron todo lo que pude darles y sin dudarlo un poquito más.

Pero ¿quién ganó y quién perdió en esta historia? Mis hijos no perdieron al pedacito de padre que les tocó porque él rentó un cuarto para vivir a dos cuadras de la casa. Yo pedí el divorcio legalmente y la juez pidió un comprobante de ingresos de cada uno y lo que costaba la manutención de los tres hijos. Los dos presentamos nuestros recibos de nómina, él llegó con un recibo por 5 pesos, el mío era por 15, mantener a los hijos costaba 17 pesos. La responsable de su manutención entonces fui yo, el solo tenía que darme 1 peso y si se quedaba sin ingresos, como sucedió pues ya ni el pesito nos tocó.

Comencé a vivir para trabajar, tenía dos trabajos y a veces 3 en fines de semana, me compraba calzones hasta que el agujero era tan grande que no había diferencia entre ponérmelos o no, los brasieres ya no tenían resorte. Pero ellos tuvieron lentes, dentistas, ortodoncistas, tenis, zapatos, huaraches nuevos, computadora, lap top (de segunda mano), vestidos para los 15 años, salón de belleza, toallas sanitarias, escuelas de paga, libros y libretas nuevas cada año, uniformes nuevos, lentes nuevos, ropa nueva, chofer, enfermera, maestra, consejera, orientadora, secretaria y justiciera.

A veces lloraba, a veces me preguntaba porqué no aparece un príncipe azul y también pensé en algún tipo de negociación con el diablo, dicen que te vuelve millonario, pero no lo necesité, sabía que podía yo solita, creí en mí , me perdoné, fui mi propio Dios y mi propio ángel de la guarda y mi propio oasis y a veces mi propio infierno cuando se me atoraba la carreta y así pasaron 20 años y lo más importante es que me descubrí feliz.

No acostumbro a recomendar el divorcio a nadie, no lo promuevo, siempre pienso que es importante tratar de rescatar lo perdido, el camino es muy pesado para una sola persona, lo que siempre promuevo es la búsqueda del bienestar, aunque a veces sintamos que está muy lejos de nosotros, la realidad es que el bienestar es como el petróleo, a veces hay que escarbar profundamente para encontrarlo.

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