¿Qué pasa conmigo después de tu muerte?

Ivette Torres de Wriessnegger

Especialista en Grief and Bereavement Counselling. Estudios en Semiología de la Vida Cotidiana.

Aunque la muerte nos encuentra desde el momento en que fuimos concebidos, debido a los prejuicios culturales, tendemos a dejarla en lo oscurito. Es de esos temas que no se abordan en pláticas de sobremesa o chismecito de café con los cuates. Y si se llega a hablar de ella cuando alguien está atravesando por un duelo, la mayoría se incomoda, se siente torpe y no encuentra el modo de verbalizar el apoyo moral.

Esto se debe a algo muy sencillo. Los procesos de duelo son tan individuales como nuestro ADN. Cada quien los experimenta a su manera y aunque la eminente Elizabeth Kübler Ross hizo una bellísima contribución con su gran teoría y sus cinco clásica fases del duelo (negación, ira, negociación, depresión y aceptación), resulta imposible encasillar tan sencillamente a un ciclo tan dinámico. De ahí la importancia de los espacios individualizados para poder experimentarnos de modo seguro, sano y libre.

Así que surge esta incertidumbre y duda ante lo que nos pasa después de una pérdida significativa. En muchas ocasiones, ni nosotros mismos comprendemos qué estamos experimentando. Entonces, si yo no me entiendo, ¿cómo le hago para que otros capten mis necesidades?

Es decir, podría definir realmente qué me pasa si tú te mueres. Vale, pues a grandes rasgos, abordaré el tema basándome en mi experiencia y los términos que la han hecho más aterrizada. Aclaro que esto es un vistazo rápido y general de una temática fascinantemente compleja.

1. La fase de anestesia = O sea, es cuando uno se siente prácticamente en la lela. Uno no se percata con lucidez de los acontecimientos ni de su significado. Las emociones están ahí, pero no las experimentamos, porque todavía no las concebimos como reales. Una analogía sería el momento antes de cortarnos con un cuchillo. Prácticamente nadie se despierta una mañana y dice “Hoy que cocine algo delicioso, me cortaré el dedo meñique. ¡Qué buen plan!”. No estamos previendo qué sucederá eso ni qué iremos a sentir y mucho menos cómo. Por ello, al instante de ver la sangre de la cortada sin sentir dolor aún, no estamos seguros de qué pasa. (Es parte de los mecanismos de defensa cerebrales).

2. La fase de tornado = Primero se atraviesa antes por una “subfase” rapidísima. El click mental “esto me duele” que se da en friega.  Luego sobreviene obviamente el malestar. Muy variable en cada individuo: desde los que son excesivamente sensibles hasta aquellos que ni cosquillas les hace. Aquí lo más interesante surge no solo en las emociones per se, sino en la expresión de las mismas, el tornado. Habrá quien berreé, quien se vuelva violento y aviente tabla, cuchillo y cacerola o quien se quede pasmado. De la misma forma sucede en el duelo, cada quien actuará de modo explícito o tácito aquello que experimente. Y aquí hay todo un abanico de posibilidades.

3. La fase de curación = A groso modo en esta etapa es cuando decidimos hacer algo con lo que estamos viviendo. Para que se le pueda considerar curación, partimos de la premisa de que se buscará ante todo lo sano y funcional.  Ante una cortada, dependiendo de su profundidad, habrá algo qué hacer, mínimo lavarse con agua y jabón o ir con un médico para que se suture. Pienso que casi nadie optaría por ir por un chile habanero, sumergirlo en el dichoso mertiolate y usarlo como ungüento. ¿Por qué entonces debería ser diverso hacia los procesos emocionales? 

De una u otra forma, ante la pérdida, se generará una herida. La misma pondrá en marcha un proceso de sanación con sus etapas dolorosas. Cada una tendrá que sanar y es prudente observar cómo lo hacen. Darnos cuenta si esta cicatrización emocional fluye por sus etapas saludables o si están supurando pus es indispensable para el autodescubrimiento. Y es altamente recomendable que exista el acompañamiento de un experto.

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